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Al Socaire de El blog de Angel Arias

En contra de la movilidad de la Semana Santa

En esta época de revisión y carácter práctico, que la Semana Santa dependa de la luna llena, es un atraso.

Por eso, exponemos desde el comienzo de este Comentario (como solían hacer los buenos oradores, cuando los había) nuestra propuesta: La Semana Santa debe ser desplazada a un lugar concreto y fijo del calendario; y, sin perjucio ni prejucio a que cada autonomía decida situarla como en concreto le pete, lo más adecuado sería ubicarla en la cuarta semana de marzo.

Es cierto que mucho mejor sería, para evitar la coincidencia de todos los vacantes haciendo simultáneamente las mismas cosas, que esa Semana de vacaciones con que se ha sublimado la devoción cristiana, -y de la que se benefician, sobre todo, los que tienen la suerte de seguir cobrando un salario de forma independiente de que se lo curren o no (mayoritariamente, funcionarios)-, no se celebrara por todos los ciudadanos al mismo tiempo.

Pero ese desiderátum es de realización imposible, salvo en los pueblos teutónicos, cuyo sentido práctico les ha llevado, sucesivamente a 1) negar la mayor; 2) definir un calendario de vacaciones escolar diferente para cada uno de los Estados, regiones o Länder.

Cuando, como es el caso en 2011, la Semana tiene su lugar en el calendario demasiada avanzada, los amantes de los deportes de invierno se encuentran con que las pistas ya no tienen casi nieve. Los estudiantes se encuentran con que el último trimestre es muy corto, por lo que los exámenes de mayo -con la cantidad de materia que aún queda por explicar- están a la vuelta de la esquina.

Y, lo que es peor, la probabilidad de que llueva es muy inferior, por lo que nos tenemos que quedar en casa, no podemos disfrutar pensando que los que se han ido a la costa se fastidian viendo llover.

Eso sí, siempre nos quedará el consuelo de poder disfrutar de la ciudad semivacía, participar en los cultos locales, encontrar tiempo para terminar las tareas pendientes y ahorrarnos los malhumores de los interminables atascos en las congestionadas carreteras que conducen. dóciles, los rebaños humanos, en esa trashumancia inexplicable, que les impele a ir, buscando a Godot, desde los plácidos pesebres habituales a los incómodos duernos ocasionales.

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