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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sobre la necesidad de encontrar un culpable cuanto antes

Sobre la necesidad de encontrar un culpable cuanto antes

Se nos está haciendo imprescindible encontrar un culpable del malestar que nos acogota, para tener la satisfacción de inmolarlo en la picota. Esta búsqueda del culpable único de todos los males se va haciendo cada vez más complicada, en la medida que se van incorporando descontentos e indignados a las manifestación de disgusto, abarcando ya prácticamente todos los países, todas las ideologías, todos los regímenes, todas las economías.

La adhesión al movimiento de los indignados (al fin, otra palabra española incorporada al inglés, junto a corrida, toros, guerrillero, adiós y amigo) por parte de una masa creciente de norteamericanos descontentos acaba de hundirnos los palos del sombrajo. Nos confirma que todo el mundo, quién más quien menos, tiene algo de qué quejarse.

Nos falta saber ante quién, y esto ha pasado a ser una necesidad urgente. Tenemos que encontrar el buco emisario para inmolarlo ante el Gran Solucionador.

Entendíamos perfectamente que se protestara contra la incompetencia de los políticos para ofrecer soluciones y no nos importó decir que no nos representaban, aunque los hubiéramos elegido.

Nos pareció de perlas que se criticase la avidez y falta de solidaridad de los banqueros, aprovechándose del estado de necesidad de los más humildes, aunque tampoco nos había importado acudir a ellos para que nos prestaran el dinero con el que comprar la casa, el coche y el ordenador a cambio de enseñarle a un empleado tres nóminas de precario.

Aplaudimos enloquecidos cuando, en la llamada primavera árabe, supimos que miles de descontentos de regímenes autoritarios y retrógados, pedían la instalación de la democracia en sus países (es decir, la incorporación de ciertas libertades mínimas) y, más en particular, creimos entender que las mujeres serían reconocidas como iguales en derechos a los hombres. A nosotros, concentrados en la solución de problemas más elevados, esas protestas, catalogadas de otra índole (inferior o más elemental), no nos distrajeron.

Nos alarmó, sin embargo, advertir que algo raro estaba sucediendo cuando miramos a los que protestaban y vimos que muchos de los que deberían estar, por puridad, al otro lado -ser destinatarios de las protestas y no sus protagonistas- se nos acercaban y aplaudían o vociferaban lo mismo que nosotros.

Parece, en fin, que nos hemos decantado por pedir el "cambio global", esto es, el cambio total, que tiene que ser algo así como hacer lo contrario justamente de lo que hemos estado haciendo hasta ahora.

Como el inocente gatito del chiste al que sus compis mayores llevaron a conocer las delicias de una noche de juerga -que el bisoño nunca había disfrutado-, y que resultó muy especial porque, desgraciadamente, fueron descubiertos por un perro feroz que se la amargó, podemos decir, mientras damos vueltas a la farola, perseguidos por el perro a punto de mordernos. "¿Sabéis una cosa?. Ahora que sé lo que va a ser el cambio global, yo me apeo en la próxima".

Porque manifestar que todos estamos descontentos no es una opción política, ni un programa, ni un objetivo, es un deporte, una catarsis.

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