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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Con el sexo como apaciguador

Con el sexo como apaciguador

"Hagamos el amor, no la guerra", expresaron como instrumento de su peculiar rebeldía unos jóvenes pacifistas de finales de los sesenta del siglo pasado, mientras su país estaba reclutando soldados para someterlos a un experimento colectivo de enajenación.

Ese movimiento contestario se propagó por casi todos los países ya civilizados, y sus seguidores se llamaron hippies, impulsando una corriente de tolerancia y apertura que serviría, al tiempo, de motivo de enseñanza y escándalo. Una de las definiciones perversas más conocidas de lo que fueron los hippies, seguirá siendo por los siglos de los siglos, la del futuro presidente (entonces) Ronald Reagan: "Hippie es un tipo que lleva el pelo largo como Tarzán, se mueve como Jane y huele como Chita".

Varios años después, hacia 2005, un grupo de mujeres liberianas, capitaneadas por Leymah Gbowee, esgrimiría un eslogan que guarda un cierto parecido, pero parte de la tesis contrarecíproca: "Si haces la guerra, no haremos el amor". Esta Lisístrata (1) que no había, suponemos, leído a Aristófanes, y sus huestes de continencia forzada consiguieron darle un vuelco al país, enzarzado en una guerra duradera, demostrando que incluso el varón más bruto tiene prioridades: Liberia es, desde entonces, un país pobre, pero vive en paz.

Como no existe aún el Premio Nobel de Sicología, los sesudos miembros del Comité Nobel de Oslo, -encargados, por graciosa cesión de los suecos, de conceder cada año el Premio Nobel de la Paz-, le han dado a Gbowee, y a la actual Presidenta de Liberia, Ellen Johnson-Sirleaf, y a una activista yemení cuyo currículum alguien paseaba por la mesa, Tawakul Kerman, el millón de euros (aproximado) en que consiste el galardón.

Un premio, como los de los otros cinco ideados por el inventor de la dinamita (y otras sustancias que valen para el amor como para la guerra), al que se añadió mucho después el de Economía, con el que Alfred Nobel decidió compensar, después de muerto, su mala conciencia por haberse hecho inmensamente rico fabricando explosivos en lugar de, por ejemplo, papillas para bebés.

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(1) Lisístrata y sus amigas, protestando contra la guerra, suscribieron un juramento que se concretaba, más o menos, así: "No tendré ninguna relación con mi esposo o amante, aunque me lo suplique de rodillas; permaneceré intocable en mi casa, vestida con mi más trasparente seda de color carne, y haré que me desee, pero no me entregaré a él; y si el me obliga por la fuerza a yacer con él, me comportaré tan fría como el hielo y no le tocaré ni estimularé."

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