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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sobre el lujo

Dicen que el hombre feliz no tenía camisa; para ser políticamente correctos, haríamos hoy la traducción del cuento, expresando que la mujer feliz tenía una sencilla camiseta de tirantes.

¿Pero, quién se creería hoy un cuento de ese estilo? Para empezar, lo más normal es que las gentes vistan de forma que se podría calificar de zaparrastrosa.

A poco que el buen tiempo lo justifique, el personal se despoja de la ropa. Incluso se puede llamar la atención si se va de traje y corbata a las reuniones de negocio, a los encuentros oficiales y a los actos de representación, sean funerales, bodas, recepciones de premios Goya o declaraciones de principios institucionales.

Cada uno define el vestuario como le pete, y si decide ir de chancletas o con la pechuga al aire, parece ser una cuestión no de buen gusto, ni de respeto al otro, sino de lo que cada uno decida para llamar la atención como le cuadre.

Por eso, las ideas sobre el lujo son cada vez más frágiles. Hoy, todo hortera parece poder disponer de suficiente pasta para lucir su media melena en un descapotable, sacar tintineando sus pulseras oro desde un BMW o conseguir pagarse un par de vueltas al mundo en un crucero en el que tomarse una cerveza de lata se paga como si se tratara de agua del permafrost.

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