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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sobre los límites reales de la privacidad

Las Constituciones de los países tenidos por más avanzados y una parte sustancial de su desarrollo legislativo defienden la privacidad. La lectura de estos propósitos tranquilizadores nos invita a pensar que la privacidad está, principalmente, relacionada con los datos personales que están a disposición de terceros.

Se entiende que son privados, por ejemplo, el domicilio particular, la fecha de nacimiento, los números de cuenta bancarios y de las tarjetas de crédito, nuestra filiación política o afinidades religiosas. También se defiende la presunción de inocencia, la prohibición de publicación de las imágenes de los menores, y hay un consenso bastante general para no divulgar aventuras extramaritales, salvo que interese fastidiar por ese motivo la carrera de un opositor político.

La realidad contradice sistemáticamente tan buenos propósitos. Para empezar, el tremendo crecimiento de los recursos informáticos y telemáticos cuyo uso está al alcance de cualquiera, ha aumentado la información disponible en la red de manera incomensurable. Incomensurable en el sentido de que no se puede saber, en realidad, cuales son sus fronteras.

Las redes sociales y los instrumentos para comunicar lo que se está haciendo en tiempo real bombean continuamente información sobre nosotros a la red. No la controlamos nosotros, sino que una buena parte, la controlan otros. Fotografías con nuestro rostro, comentarios acerca de nuestra personalidad y gustos, relaciones de amigos, etc. Desde luego, consciente o ingenuamente, también nosotros mismos contribuímos a perfilar hasta detalles mínimos quiénes somos. Nuestra ubicación, quizá incluso hasta el domicilio, la fecha de nacimiento, el estado civil, la orientación sexual, las opiniones expresadas acerca de los más variados temas: religiosos, políticos, culturales, técnicos.

¿Es todo esto peligroso, y en qué sentido?. No lo sabemos. Si la sociedad tuviera una ética general común, si no existieran individuos que -por variadas razones- viven de aprovecharse de los demás, delinquiendo o no, podría no ser tan grave.

Pero es grave. A despecho de las Leyes de Protección de Datos, inservibles por la imposibilidad de controlar y denunciar una bola de nieve creciente que almacena datos y los entrecruza a velocidades de fantasía, nuestra intimidad está saltando en pedazos a cada instante, vapuleada por los lados más inocentes como de los que creamos menos vulnerables. No la protegen ni claves de acceso complicadas, ni reservas pudibundas, ni huídas vergonzosas o exabruptos molestos.

Tenemos que acostumbrarnos a que se sepa mucho de lo que nos debía pertenecer solo a nosotros o a los que nosotros hubiéramos querido. Por eso, la manera más segura de proteger nuestro yo virtual, ese que construye la red sobre nuestros datos, es engañándolo con muchos datos falsos, imaginados, fantasiosos, para crear un personaje ficticio con el que enmascarar nuestro, posiblemente anodino, pero mercantilmente evaluable, personaje real.

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