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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Para fieles a la cocina recreativa

Son más los amigos del buen comer que los que presumen de tener mano para la cocina, y es lógico. Pasa como en todo, que tiene que haber más gente en el patio de butacas que en el escenario (salvo en los musicales). 

Los cocinillas suelen puntuarse a sí mismos entre cocinar como los ángeles y hacerlo de rechupete; también se jactan de haber sido aprendices en la escuela culinaria de su madre o, si aún no son huérfanos, de haber aprendido de oídas -es decir, de ingestas fallidas-, leyendo y viajando y...aunque no lo  confiesen, con los manuales del Thermomix.

Para todos ellos, hemos ideado este Comentario, con la intención de hacerles las delicias. Si alguna mujer cae por esta página, puede -valga la expresión- saltársela sin tapujos, que no nos lo tomaremos a mal, pues, aunque sea ella de buen tomar, puede que le siente mal el tufillo a machismo pueril que destila este mejunge.

Una comida inolvidable empieza por la selección correcta del local. El sentido común desechará de inmediato los locales de mala muerte, los tugurios e incluso los lugares de alterne (estos últimos, porque no solo no le darán de comer, sino porque para abrirle el apetito, le sacarán, a poco que se descuide, un riñón y la mitad del otro).

Por extensión, son desaconsejables aquellos sitios en los que se sepa que su dueño no tenga donde caerse muerto, o ande a dos velas. Sirve aquí, como en todo, la máxima de que donde no hay no se puede sacar, y menos, buen provecho.

Elíjanse sitios en donde el cocinero o cocinera tenga buena mano para los fogones y una fama que le venga de atrás (en el tiempo). Piénsese igualmente, que la compañía -la suya, no la del que anda entre pucheros- es tan importante como lo que le venga al plato, o sea, se traiga a colación.

Para gustos, se hicieron colores. Si Vd. es hombre de los que no le hacen ascos a la caza, invite a una señora de las de armas tomar, que suele ser la propia, y que aprovechará para amargarle la comida, poniéndole a caldo y echándole en cara lo que no está escrito. Por eso, si prefiere sacar rentabilidad a su dinero, hágase acompañar de alguien que le haga tilín, porque casi todas se vuelven melindrosas a medida que se va entrando en materia. 

(Si Vd. es mujer y ha recalado en restaurante para celebrar el final de las clases de gimnasia, le sugerimos que no les de la comida -es decir, la tabarra- a sus acompañantes con que tiene una receta que logra el punto mejor y más jugoso.)

Para abrir boca, nos vendrá bien solicitar, si hay, una sopa boba (muy rica de comer) y, en caso de que no la tengan en el repertorio, algo con que hacer el caldo gordo. Por supuesto, no se trata de que acabemos embutidos, por lo que, buscando lo ligero, alternaremos entre col y col, por ejemplo, lechuga, y, de soslayo, nos iremos apretando el cinturón, en especial, si nos va a tocar hacer de paganinis.

Ya que en todas las casas cuecen habas, extraño será que no tengan de ellas un potaje, que nos harán buen cuerpo (aunque nos dificulten hacer luego de cuerpo). Los huevos, como manden, y que no sean grandes, ni como los del caballo de Atila ni siquiera de avestruz, por indigestos. Si prefiere el arroz, que venga con menudos, y como serán de pollo, que no se los cuelen de pollopera.

Será buena señal advertir que está toda la carne puesta en el asador, porque es señal de que no falta clientela, aunque no sea fiel (que eso es ya otro cantar). Hay quien prefiere pescado, e incluso, si es época de caza, andar a la que salte. Para chuparse los dedos, por cierto, no hay como el marisco, aunque hay sitios que son capaces de hacer de rechupete hasta el mondongo.

No se resista a echar una mano, que para eso estamos, ni haga ascos a que se la echen, si bien, nunca al cuello. Eso sí, si se las ponen en el plato, mejor que sean de cerdo, y que sean manitas; si se acompañan de un buen caldo (con su puntito de alcohol) le han de venir como de santo.

¿A quién amarga un dulce? Pregunte por las especialidades de la casa, que un lugar que se precie de estar a todo, habrá de tener algo en su punto, pero si le resulta muy almibarado, rebájele a su justa medida, advirtiendo al camarero que  Vd. no es de los que se dejan engañar con carantoñas, melindres ni piononos.

 

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