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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Desde los juicios sumarísimos hasta los lentísisimos

¿Quién no se ha emocionado viendo a una multitud enardecida, surgida de las tinieblas de quién sabe qué selva, qué desierto, qué pueblo o ciudad -de allá lejos o de aquí al lado-, intentando linchar a un pobre tipo que es sospechoso de haber realizado algún acto contrario a la ley, a la costumbre o al humor imperante en la tribu humana de referencia?

Muchas veces, la actuación decidida de la policía y otras fuerzas del orden, consiguen, si no calmar los ánimos, llevarse al sospechoso o al culpable lejos de allí. Otras, al tipo lo descuartizan allí mismo. En ciertos casos, se descubre -siempre a posteriori- que lo único que tenía que ver con el daño que se le había imputado sobre la marcha era su miedo, su pavor por haber sido confundido con otro.

En general, no está admitido tomarse la justicia por la propia mano. No se admite que el padre, el hermano, el esposo o el novio puedan verter ácido sobre el rostro de la mujer adúltera o que no quiera casarse con quien ha previsto la familia.

No se permite, como principio bastante asumido por toda la aldea global, que quien haya sido sorprendido llevándose una gallina a su corral desde el ajeno, o con un bolso que no es el suyo o, sea reconocido por un transeúnte como malhechor, pague con una paliza, con la mutilación o la muerte su poca suerte para pasar desapercibido.

Los juicios sumarísimos, máxime si son realizados en el calor de una acción de catarsis colectiva, no son muy bien vistos. Se admiten, en tiempos de guerra, o en períodos de excepción, porque los militares no necesitan andarse con tantos miramientos para decidirse a separar lo malo de lo bueno.

Es cierto que, para épocas normales, se han definido algunos pocos tipos de procesos abreviados (que son fórmulas en las que, para ciertos asuntos, se reducen los trámites y plazos), pero se prefieren los juicios lentísimos.

Un juicio lentísimo tiene múltiples ventajas: entre las menos conocidas, puede que los litigantes fallezcan, desesperen, se arruinen; puede que el objeto del litigio se haya desvanecido, evaporado o sucumbido; dará empleo duradero a jueces, letrados, procuradores, peritos, funcionarios de amplio espectro.

Quizá desde esas ventajas no muy difundidas, debe contar el que, sobre todo, permitirá alcanzar -en muchos, muchísimos casos- la justicia pretendida, aquella que hace que, independientemente de quien venza en el pleito, quien lo merece haya vencido ya antes, obtenido su triunfo en la misma dilación del proceso, por ser más potente económicamente, más influyente, por haber sido más avieso, más escurridizo, más hábil en descubrir y poner de manifiesto los entresijos por donde se escapan los enemigos de la justicia verdadera.

Porque de otra forma, no resulta fácil explicar porqué duran tanto algunos procesos y otros, en cambio, se resuelven en plazos razonables. Se diría que, dependiendo de las Salas, los Juzgados (es decir, de las diligencias personales), hay Justicia de varias velocidades, para desesperación de las partes, coste a la sociedad y descrédito general de la Justicia.

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