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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sobre caxigalinas y retóricas

Cuando los asturianos tenemos que referirnos a lo que no merece mucho la pena. -o queremos rebajarle su importancia- las llamamos "caxigalines" o casigalinas. Son pues, las menudencias, pero no en el sentido de despojos, sino de las cosas que tienen menos valor o cuyo valor no deseamos, por cualquier razón, que magnifique quien las posea.

Las casigalinas aparecen, pues, como las delicadezas de cocina de innovación que nos dejan, por lo general, con hambre, y que algunos pedantuelos de los creatividad llaman ahora por aquí mignardices o miñardices, suponemos que tratando de adaptar la fonética y la grámática de "les mignardises" que los afrancesados de colegio de pago siempre tradujimos en petícomité como mariconadas--

Son casigalinas, también, los regalos que hacen a los invitados a una boda, como recuerdo, o los presentes de cortesía que dan en los quioscos de las ferias, ya sean éstas de innovación como de mueble antigüo, o las compensaciones en especie que suelen entregar a los conferenciantes ajenos las Universidades, Fundaciones de medio pelo y entidades autónomas de la Administración pública. Estas casigalinas se ponen en una estantería del cuarto de estar (si lo hay) hasta que se rompen, y las muyeres las llaman también detallucos.

Las casigalinas ocultan su modesta condición, adornadas con papelines de brillantes colores, cintas, cajitas y, si son de comer, se acompañan de salsas, canutillos de pasta filo, jugos de frambruesas salvajes y sal mandón. Cuando las casigalinas son mentales, es necesario envolverlas en retórica.

Como la humanidad se encuentra en fase de aprendizaje, y esto va para largo, la retórica es utilizada con profusión. Pocos conferenciantes se sustraen a la obsesión de lanzar una batería de casigalinas pretendiendo que el público oyente va a satisfacer su hambre intelectual con ellas.

Por eso, cuando nos encontramos con alguien que ha preparado su lección, eliminando las obviedades de su discurso, y yendo al grano de lo poco o mucho que sabe bien, lo agradecemos tanto. No pretendemos que todos sean Demóstenes, ero, al menos, lo que cabe pedir a quien nos somete a un tercer grado de casigalinas, es que escoja las que sean divertidas, y si no, que no se moleste si echamos un pigacín mientras nos cuece la orella.

(Por cierto, echar un pigacín no tiene nada que ver con la gimnasia sexual, como suelen malinterpretar los intuitivos del bable, sino que es. simplemente,  dormitar)

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