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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Contra pepinos, pepinazos

A los alemanes les gustan mucho los pepinos y, a algunos de ellos, concienciados ecológicamente a estas alturas de la película mundial, los cultivados sin pesticidas, crecidos al natural, a buen precio, y, obviamente, ofrecidos con todas las garantías de salubridad e higiene.

La empresa "Pepino Bio Frunet" es uno de los productores y exportadores españoles de hortalizas a Alemania. En especial, como su propio nombre comercial indica, su producto estrella son los bio-pepinos, que en aquel país se comercializan como Bio-Gürken.

El nombre de esta empresa es, por el momento, el único que ha trascendido, como responsable de que algunas de estas humildes hortalizas, no muy del agrado de los gustos españoles, hayan aparecido en los mercados de Hamburgo y otros lugares del norte de la Europa comunitaria, infectadas con un tipo realmente raro de E. colli (Escherichia colli), la cepa O104.

El caso no es para minimizar, porque ese cepa bacteriana puede provocar la muerte y, hasta el momento, (31 de mayo de 2011) se han registrado 14 fallecimientos -y más de 400 enfermos- que le son atribuídos por las autoridades sanitarias alemanas, en una extensión que ha dado al caso características de "epidemia".

Desde el momento en que se tuvo la sospecha de que una partida de pepinos españoles era portadora de la bacteria, se informó, su importación. Como es de imaginar, se creó una alarma general sobre las hortalizas españolas, cerrándose para ellas el mercado comunitario.

Es conmovedor ver ahora las fotografías de la consejera andaluza de Agricultura, Clara Aguilera, comiéndose "a pelo" un pepino ecológico, componente que ha pasado a ser constituyente de la dieta forzosa de los políticos españoles. Porque desde nuestro pequeño país se está negando la mayor: los pepinos portadores del bicho ese pueden que sean españoles, pero la bacteria de marras, no.

Conmueve, pero también, nos enrabieta. Haber apuntado hacia la tierra de cultivo de las hortalizas, sin haber realizado una mínima investigación, no ya respecto a lo que habían ingerido los afectados -algunos declaran no haber probado pepinos de ningún tipo- sino de lo que pudo haber sucedido a unos pobres pepinos españoles hasta llegar a un mercado de Hamburgo -proceso sometido a condiciones estrictas de trazabilidad-, es una temeridad cuyo daño comercial no puede menospreciarse.

Es como si, por haberse saltado una tuerca de una máquina fresadora automática alemana, con la desgracia de haber saltado un ojo a un operario, se prohibiese la importación de todas las máquinas herramienta con origen en las tierras teutonas, sospechosas de pronto en haber sido mal ensambladas.

Un pepinazo, vamos.

Para terminar el Comentario, recogemos que la penicilina y los antibióticos tradicionales "de amplio espectro" no sirven para tratar las diarreas, en los casos más graves, sanguinolentas, causadas por esta bacteria mutante, que produce las toxinas Shigas, a las que se imputa lo que se conoce como Síndrome urémico hemolítico (SUH o HUS, por sus siglas en inglés).

Los europeos nos hemos vuelto muy limpios (aparentemente, al menos), lavamos con agua clorada las hortalizas y legumbres que ingerimos, y son raros los episodios diarreicos.

Tanto lavarnos nos ha hecho, posiblemente, más vulnerables y, también, menos imaginativos respecto a lo que puede suceder en una manipulación de lo que comemos, que no está bajo control total (cajas que caen al suelo, camiones que se utilizaron antes para transportar ganado, expendedores, cocineros, sirvientes o el propio que ingiere el alimento, que no se lavan con jabón después de ir al aseo, etc.).

En Latinoamérica han hecho más estudios de cómo tratar a estas cepas. Parece que los antibióticos betapenems, que pertenecen al tipo de los Beta-lactámicos, (entre los que figuran penicilinas, cefalosporinas y muchos otros), administrados por vía intravenosa, son los únicos que han evidenciado la deseada eficiencia para atajar el síndrome. 

Mientras se resuelve el embrollo, un consejo para gente tranquila: comamos hortalizas españolas, que se nos han puesto muy baratas y siguen estando igual de ricas y nutritivas. Lo hemos hecho con la carne de ternera cuando la aventura de las "vacas locas", con las fresas italianas cuando "el desastre de Chernobil", con el aceite de oliva cuando los "bichitos de la colza", con las aves de corral cuando el episodio de la "gripe aviar", sin olvidarnos del "salmón noruego contaminado con mercurio", de la "merluza del norte con anisakis", y de las apetitosas "caballas y sardinas del norte", cuyo único defecto conocido es ser baratas hasta que las descubran los japoneses.

A las autoridades alemanas les puede importar el asunto del pedrisco que han levantado sobre el campo español un pepino, pero a nosotros, el que los alemanes no nos importen los pepinos no solamente nos hace la pascua y nos toca los pinreles, sino que nos parece increíble que nos sigan viendo como gastarbeiter que les limpiamos la basura con las manos sucias por su roña, después de las veces en que les hicimos la pelota por sus ocurrencias y nuestros esfuerzos porque se sientan en su casa cuando su idea del estado del bienestar los convierte en jubiletas, poniéndose morados con nuestros caldos y mariscos y rojos por el sol de nuestras playas. 

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