Blogia
Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sobre los güebos de Rafael Correa y otras consideraciones ecuatorianas

Rafael Correa Delgado, presidente del Ecuador, es un tipo del que se dicen muchas cosas. Recientemente ha ocupado primeros lugares de la historieta del mundo porque estuvo a punto de ser asesinado en un intento de golpe de Estado y en el que se portó como quien no tiene miedo a morir, lo que merece siempre un respeto.

Su declarada amistad personal e ideológica con otro Presidente sudamericano, especialista éste en montar juegos de histrionismos propios de payaso en circo malo, ha difuminado en una nube de napalm bananero (que ahora es casi sinónimo de bolivariano) algunos tramos de su carrera política.

Los locatos, les dicen por allá sus opositores, a Chávez, a Correa y a Morales.

Pero merece la pena poner la lupa sobre las ideas de este tipo, Correa, economista educado en colegios de pago en los que disfrutó de becas por ser muy buen estudiante y que es poseedor de una fina pluma que hace circular por caireles de indudable interés; de ésos que escuecen y sacan hilillos de sangre -por ejemplo- a los que creen que neoliberalismo y cristianismo son tan uña y carne como pudieran serlo comunismo y utopía revolucionaria.

Correa y un equipo de fieles -esto último lo suponemos, pues tendrá mucho que hacer, al menos desde 2006 en que fue elegido Presidente del Ecuador- mantienen con cierta regularidad un blog, "Economía en bicicleta", en el que se pueden encontrar ciertas claves del ideario básico con el que dice actuar este mandatario de uno de los países más pobres del planeta.

Nacido en Guayaquil, -criadero natural de presidentes ecuatorianos- en 1963, Rafael Correa se mueve ideológicamente en la filosofía de la Teología de la Liberación y en la praxis del socialismo revolucionario, que tiene un referente lejano en su país en un presidente anterior, cuya muerte sigue envuelta en misterio, Jaime Roldós Aguilera.

Como profesor universitario y analista económico, tiene publicados libros, ensayos y reflexiones que merecen atención y, en general, respeto, y no debieran destinarse al saco roto en donde se acostumbra a arrojar lo que molesta, calificándolo temerariamente de "simples tonterías".

Hay tela que cortar en el asunto, nutrido de incógnitas, zancadillas, abrazos de oso, buenos propósitos, incumplimientos, medias verdades e intoxicaciones. Un traje para cada gusto, desde luego.

En primer lugar, habría que analizar la situación en que se encontró Correa cuando llegó a la presidencia de Ecuador y la naturaleza de los apoyos con los que contó para lograr su triunfo.

Ecuador era (y, por tanto, es, porque las cosas no se cambian de la noche a la mañana) un país empobrecido. Como en otros, los importantes recursos naturales propiciaron una historia de expolios y desencuentros entre el pueblo llano y los dominadores del cotarro. 

La democracia oficial no solucionó las cosas. Los últimos presidentes -se sucedieron ni más ni menos que ocho, desde 1997- siguieron combinando un elenco de incapaces políticos o mentales, que se auparon al poder, en no pocos casos, con el apoyo de las armas o el engaño de unas elecciones apañadas al gusto. En conjunto, parecen cortados por el mismo patrón: servidores de las élites económicas -que no culturales ni ideológicas-, a las que ellos mismos pertenecen orgullosamente. 

La línea de trabajo en política interior de tanto presidente depuesto, compuesto y repuesto, parecía ser, además, mantener como eje principal el dejar abiertas las puertas del país a las directrices e intereses de los Estados Unidos.

Ese colonialismo interno y externo no se traducía en la mejora de las infraestructuras ni en el avance significativo en los niveles de sanidad, educación o actividad económica, que se podían calificar de ínfimos. Por eso, los ecuatorianos emigra(ba)n a puñados; no había trabajo; el presidente Jamil Mahuad ya había confirmado antes del 2000 que el sucre no valía un chavo, abrazando el dólar como referencia y dando el permiso para crear las bases militares de Manta como tributo.

En España tenemos el reflejo de esa ola de miseria, tensiones políticas e inacción práctica que recorre, desde hace décadas, como un jinete apocalíptico, el país al que Rafael Correa quiere imponer un cambio radical.

No es cosa de convertir este Comentario en un alegato a favor de Correa y lanzar cohetes por el futuro del Ecuador, porque el escenario está plagado de claroscuros. Nos basta haber llamado la atención sobre algo que no es lo que algunos quieren que parezca.

El presidente Correa conoce bien su país y lo que pretende no puede juzgarse a la trágala como una locura; en otro lugar, podría ser criticado por desmesurado, utópico o incoherente.

En Ecuador, y en concreto, en este instante, debiera ser calificado como un proyecto con los pies bien asentados en su tierra...Y, tanto si el intento de golpe de Estado a Correa haya sido parte de un teatro, como si no, el presidente ha querido confirmar que tiene los güebos puestos en su sitio, lo que siempre atrae votos y simpatías. Así que, al tiempo.

0 comentarios