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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sobre sentimientos y talantes

Cuando murió a finales de diciembre de 2011 el presidente de Corea del Norte, Kim Jong II -unánimemente reconocido como sátrapa implacable más allá de sus fronteras-, tuvimos ocasión de asistir, entre estupefactos y divertidos, a las descomunales muestras de dolor por parte tanto de los miembros de su cómplice Gabinete, como de los fieros soldados de un Ejército que no duda en disparar contra cualquiera que se mueva, como de los más variados tipos de la calle, a los que parecía habérseles muerto, de golpe, toda la familia.

Aquellas lágrimas de cocodrilo, surgidas tanto de ojos amedrentados (los más) como de estómagos agradecidos se quedaron en nuestra memoria reciente, para contraste con las sonrisas de satisfacción que no podían disimular la mayoría de los nuevos ministros del primer gobierno de Mariano Rajoy que, desde el 22 de diciembre de 2011, han tomado posesión de sus puestos.

En el acto del traspaso (formal y simbólico) de las carteras, de exquisita factura, hubo también sonrisas -que calificaríamos, en este caso, de alivio- de los ministros salientes.

La situación, en realidad, no da para muchas alegrías. Ha habido cambio de partido en el Gobierno y, por ello, algunos se empeñan en suponer (derrotados en las urnas junto a tapados en los petit comités ) que habrá un giro sustancial en directrices claves de la política, resultado de ideologías y de otras formas de analizar la corrección de los problemas.

Dudamos que haya posibilidad de cambios bruscos, pero era imprescindible retirar de escena los rostros de aquellos a quienes se les atribuían -sin mucha razón, pero con contundencia exponencialmente creciente- las causas de la pérdida de solvencia internacional. Los márgenes para generar cambios de entidad en el sistema económico son escasos y no podrán plasmarse en el terreno de los recortes sociales sin arriesgar que la cuerda -ya muy tensa- se rompa por el lado más débil, lo que no es sinónimo de carente de fuerza, porque es enorme la capacidad de reacción de de una población descontenta.

Puesto que no hay que confiar en grandes ideas, ni en soluciones de chistera, pasado el instante de sonrisas, se impone el trabajo de motivar a todos -los que votaron y los que se opusieron, y, en especial, a los que manejan capacidad de decisión en inversiones y dineros-. Estamos mucho más solos que hace décadas, cuando nos encontramos con subvenciones de la Unión Europea y un período de ciclo alcista.

Oyendo las primeras declaraciones de los flamantes miembros del Ejecutivo, advertimos seriedad, ilusión y una lista de tareas concreta -aún elemental-, sin fantasías; podía haber sido consensuada con los salientes, porque no tiene color ideológico, sino carga de trabajo.

Estos nuevos rostros tienen otra labor, que no sería necesario explicitar: helar la sonrisa de los tiburones que, en quién sabe qué lugares, sin taquígrafos y con otras luces, mantienen la esperanza oscura de que el cambio de carteras vaya a favorecerles en sus negocios, agitando más el cardumen que formamos quienes no tenemos más opción que dejarnos guiar hacia donde podamos vivir en paz, ni más ni menos.

Suerte, ministros. Contamos con vosotros, contad con nosotros por la cuenta que nos tiene.

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