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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sobre la reforma de la enseñanza universitaria

No estamos precisamente en época de reformas, sino más bien de aguantar el chaparrón.

En el sector universitario, la terrible confusión generada por la implementación de los mal llamados acuerdos de Bolonia y el increíble destrozo que se ha realizado sobre casi todas las carreras tradicionales, puede hacer creer a los autores del desaguisado y a quienes no se enteran de la fiesta, que esa reforma ya ha tenido lugar y que solo cabe esperar a recoger sus frutos.

El argumento central que se ha esgrimido públicamente es que se ha pretendido la homologación de los títulos españoles con los del resto de Europa, acercando, de paso, a la realidad del mercado laboral a los futuros egresados, separando los niveles de formación universitaria en tres: master, grado y doctorado. En esa reestructuración de los estudios que se venían haciendo en España, se ha tomado -se dice- como guía el modelo anglosajón.

Pretender cambiar de un "modelo francés" (o parecido) a un "modelo anglosajón" (o parecido) es, ya de por sí sorprendente, porque ambos ofrecen debilidades y fortalezas, pero sus mejores éxitos no son debidos a la enseñanza general impartida sino a haber sabido concentrar en pocos centros privilegiados las esencias de prestigio social, nivel formativo y espíritu de clan.

Por otra parte, del análisis de cómo se han hecho las cosas en estas dos zonas del universo cultural para adaptarse al objetivo de "crear un espacio único laboral europeo", poco parece haber sido modificado. Nuestro país sigue teniendo un gran atractivo para instalarse, y las barreras a la integración en el extranjero (no solo el idioma) siguen intactas.

 Pero es que, además, los autores de la reforma no parecen haberse detenido mucho en las virtudes del actual "modelo español", lanzándose a la aventura de modificar lo que se tenía, asumiendo el tremendo riesgo que supone generar una nueva desorientación, no explicada ni acordada con los agentes sociales, en la oferta universitaria.

Los artífices de la reforma han olvidado que los egresados españoles de las aulas universitarias se emplean y emplearán -al menos, lo intentarán-, masivamente, en las empresas de nuestro país y en las Administraciones públicas españolas.

Algunos de los que no encuentren trabajo aquí, seguirán optando por marcharse, pero lo más preocupante es que un apreciable número de los mejores en cada promoción, incluso después de haber trabajado años en España, se están decidiendo a marcharse al extranjero, por la razón fundamental de que no encuentran aquí una tarea que entiendan a su altura o por el deseo de integrarse en equipos multidisciplinares de mayor prestigio  y con líneas de investigación y trabajo más prometedoras.

Nuestro país necesita -no porque lo digamos nosotros, por supuesto, por clamor presentido- que la Universidad, independiente de la carrera que se considere, pero especialmente, en las carreras con mayor relieve social (ingeniería, economía, medicina, derecho, ...) se concrete en dos direcciones de éxito: la formación de las decenas de miles de empresarios que el país necesita y dotar a sus egresados de una combinación de herramientas generalistas y específicas que los capacite para la inmediata integración en el mundo laboral, pero también -y aquí está el difícil equilibrio- para que una parte importante de ellos tengan recorrido personal para poder participar en los proyectos más ambiciosos de la sociedad.

Hace falta, por ello, crear una base ancha para los estudios de máster y eso no se consigue apuntando desde el principio a las opciones de grado; y lo que es más grave, no se puede pretender, cuando se carece de la base suficiente, ampliarla con unas cuantas capas laterales de conocimientos sustanciales, a otra edad, con otras ganas y con el tiempo pisando los talones. 

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