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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sobre el síndrome de Epulón

De vez en cuando, leemos que, provistos (o no) de la correspondiente orden judicial de registro emitida a partir de las denuncias de los vecinos, incapaces de seguir soportando el olor a inmundicia, se descubre que el inquilino que lo habitaba, acumulaba en su piso cantidades ingentes de basura y desperdicios. Síndrome de Diógenes, decimos.

Las personas que lo padecen suelen ser gentes de edad madura, de situación económica desahogada, solitaria, propietarios del piso en que acumulan res nulius. Nada se nos dice de cómo empezaron a recoger desperdicios de los otros, pero imaginamos que empezaron con pequeños acopios de cosas de las que estaban seguros de su valor.

Si existe el síndrome de Diógenes, si hay seres que recogen y acumulan los desechos de otros, es porque tiramos mucho. Donde los Diógenes, hay gentes con síndromes de Epulón, el rico. Nuestra sociedad opulenta tira mucho, cosas inservibles, pero también valiosas, recuperables, útiles. El principio de que cuanto menos meneemos la mierda, mejor y más barato, quiebra.

Se cuenta de una joven pareja que descubrió en un contenedor un tapiz de la Fábrica de Tapices, que la embajada italiana, en remodelación de mobiliario, decidió que ya estaba muy gastado. Los días de recogida de muebles viejos, miles de buscadores de tesoros revuelven entre lo que los demás no quieren ya, para encotrar -tal vez- sillones modernistas, mesitas del XIX, espejos y apliques estilo Luis XVI o que pertenecieron al ajuar familiar y ahroa estorban.

Qué decir de los viejos libros. Los nuevos Epulones, que apenas leen, tiran miles de libros a la basura, porque creen que ya no valen nada. Y, al acecho, vienen los Diógenes, los recogen, y los van acumulando entre los restos brillantes de nuestra acelerada civilización consumista.

 

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