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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Yo

Hoy, 26 de noviembre de 2012, me apetece escribir de Yo, es decir, de tí, de tu Yo.

(Y, como soy incapaz de mantener un tono serio aunque sea sobre un asunto tan trascendental para tí y para mí, me acuerdo de pronto de una anécdota mexicana, que se contaba hace años, y que adultero ligeramente.

Alguien que deseaba entrar en la órbita de un Ministro, se maravillaba de la confianza que un amigo tenía con el político: "¿Vos le hablás al Sr. Ministro de Tú?" "Por supuesto", le ratificó el otro. "¿Pos por qué no le hablás de Yo?")

Empiezo con algo simple: quizá no es la primera vez que nuestros Yoes se encuentran, pero mi escritura de este Comentario y la lectura -hasta donde tu curiosidad alcance- de lo que he escrito, acreditan una relación. Ésta. Algo o mucho desfasada en el tiempo. Depende de cuando lo leas.

Puesto que los responsables de Blogia, el soporte tecnológico de este blog, aseguran que no borrarán ninguna entrada, mientras no le conste la voluntad del autor de mantenerla en la red, es incluso posible que estés leyendo este Comentario cuando Yo ya no exista.

Es decir, puede que Yo ya no exista -es evidente que ahora sí, en este momento en que escribo-, cuando tu Yo me lea. Y, sin mucho esfuerzo de imaginación, puede que tu Yo no haya nacido aún, que ni siquiera seas un proyecto para tus padres, ahora (mi ahora, no el tuyo).

Así que, si Yo estuviera muerto cuando tu Yo, hoy inexistente, me esté leyendo, tendría lugar una comunicación entre nosotros que, hoy por hoy -¿queda bien expresado así, verdad?- sería absolutamente imposible. Y que mañana, de existir, será únicamente unilateral, pero no necesariamente estéril.

Miro a mi alrededor y me encuentro, como lo estarás tú, rodeado de Yoes. No hay dos iguales, pero hay muy pocos que sean interesantes. He tenido ocasión de viajar a muchos sitios y conocer a muchas personas y, durante bastante tiempo, creía que no se me había concedido la oportunidad vital de acercarme a la esfera de los Yoes realmente, indiscutiblemente, magníficos.

Estaba influenciado, sin duda, por lo que me inducía a creer la corriente dominante. Para ella, un Yo magnífico es alguien que tiene la responsabilidad de gobierno de un país, especialmente, si se trata de cierto país norteamericano; o es presidente ejecutivo de una multinacional con facturación de muchos dígitos; o, tal vez, se ha distinguido en la ejecución de un deporte, rompiendo barreras físicas; o había destacado por su belleza en un certamen internacional o protagonizado una película bajo un guión conmovedor.

Puede que, para mí, los Yoes magníficos fueran una entelequia. Un recorte selectivo. Escritores que hubieran debido renunciar a muchas páginas de su literatura para confinarse en una obra o en un par de capítulos o poemas que, verdaderamente, me habían impresionado. Científicos que hubiera renunciado a cualquier reconocimiento para concentrarse solo en su investigación y, muy especialmente, si esos trabajos habían resultado aparentemente fallidos, porque seguro que habrían servido para que, en otro momento, con más suerte o más medios, otros Yoes llegaran a descubrimientos importantes para todos. Políticos que, en la defensa de sus ideas, siendo conscientes de su inviabilidad, pero tercos en ellas, sin haber obtenido para ellos beneficio alguno, habían ofrecido su propia vida en el holocausto de la demencia colectiva, dejándonos un ejemplo imperecedero.

Hay una expresión simpática y cruel para definir a quienes se creen portadores de cualidades excepcionales, que es casi infaliblemente la manera simple de detectar que no tienen ninguna: tener un Yo (un ego) que se lo pisan. Se lo pisan, y se aturullan y tropiezan en él.

Hace unos años que estoy convencido que un Yo magnífico supone renunciar al propio Yo para entroncarse en la aventura colectiva de la existencia. Y he empezado a encontrar varios de ese tipo. En realidad, cada vez encuentro más. En los sitios más insospechados.

Esos Yoes no alardean de nada. Ni siquiera les preocupa lo que piensen de ellos y de su trabajo. Actúan.

Gentes que tienen como principal atributo de su Yo el desprendimiento de los objetivos individuales para subordinarlos, sin temor, ante los objetivos colectivos.

Es una lástima apreciar que tenemos tan pocos objetivos colectivos. Y que los pocos que tenemos, se encuentren tan ocultos. Incluso enmascarados bajo la piel, desechable, de los beneficios de grupo, de los intereses de facción, del rendimiento inmediato.

Querido lector, vayamos juntos hacia ese Yo. Hagamos que nuestro Yo sea magnífico. No es sencillo, pero resulta imprescindible. Por la supervivencia de la Humanidad, y no solo de los que lo tienen, hoy que esto escribo, más fácil.

 

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