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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sobre el transporte aéreo y el negocio de la inseguridad

Viajar en avión se ha convertido en un fastidio.

Es necesario guardar largas colas ante los inspectores de seguridad, manteniendo en vilo las bandejas con las cazadoras, las chaquetas, los bolsos, las carpetas; quitarse el cinturón, el reloj, las botas; deshacer el maletín para dejar visible el ordenador; desconectar el móvil; despojarse de cualquier objeto metálico; reducir al mínimo los líquidos y frascos reservados a la higiene personal que se llevan con uno al interior del avión; renunciar a llevar el bocadillo de salchichón y estar dispuesto a pagar una fortuna por una comida infecta (aunque higiénicamente controlada, suponemos) servida por una azafata provista, ante todo, de una máquina de calcular y una terminal de telepago.

Por supuesto, se ha de estar perfectamente identificado, manteniendo el DNI o el pasaporte siempre al alcance de los dientes (la boca también ha de tenerse ocupada); y si ha decidido viajar a Estados Unidos, mejor se toma antes un par de pastillas de tranquilina y se dispone a ser sometido a vejaciones que no consentiría ni a su santa madre.

¿Todo ello, para qué?. En nuestra opinión, para nada útil para el viajero, aunque reconocemos que se maneja una ingente cantidad de dinero que va a parar a las compañías encargadas, teóricamente, de nuestra seguridad.

Aparatos detectores muy sofisticados que descubren hasta los clavos y alzas de los zapatos; colorimetrías que detectan, casi sin error, la diferencia entre el líquido para el pelo y la pastilla de chocolate; especialistas que justifican despojarte por unos minutos del cinturón porque puede guardar una navaja barbera; monstruos de la detección imaginativa, formados en complejas escuelas de simulación que saben de circuitos integrados y software multidireccional con solo mirarte las tapas del laptop.

Desgraciadamente, mientras existan locos por el mundo defendiendo la guerra santa contra alguien, y dado el interés mediático que presenta la oportunidad de hacer explotar un avión en el aire (o utilizarlo para enviar paquetes bomba a personalidades (i-)relevantes), hay una probabilidad de que, un día, por mucho que escudriñen en nuestros entresijos de tipos pacíficos, aparezca un tipo en la cabina del comandante de la nave aérea con un destornillador, explote una mezcla de goma-dos con una sustancia química no detectada, y un par de decenas de pasajeros que han pasado por estas humillantes pruebas se vayan al carajo (con perdón).

Entonces se redoblarán las medidas de seguridad -todo lo estúpido e inútil es susceptible de ser sometido a incrementos exponenciales-, y se aumentará, por tanto, algo más, un negocio que está basado, no en el pavor individual a morir explosionado -mínimo-, sino en el miedo del político de turno a perder las elecciones por no haber hecho lo posible por velar por nuestra seguridad ante el terror difuso -máximo-.

Un aeropuerto de nivel acoge 50 millones de pasajeros anualmente, y cada uno pierde, en media, una hora y media en los trámites para probar que no es un delincuente aéreo. Puede contar con diez líneas de control, a tres turnos, con cinco personas cada una (En España, por cierto, gran número de ellass, latinoamericanos, suponemos que por su experiencia en atender a los posibles casos de delincuencia organizada). Hay que amortizar aparatos complejos, arcos de detección metálica, cintas transportadoras, bandejas, ménsulas, armamento y otros adminículos.

Por supuesto, hay que atender a reclamaciones singulares, quejas, retirada de material incautado, procesos civiles, penales, médicos, derivados de las tensiones y momentos provocados. Miles de millones de euros en los países más avanzados. Una pasta (gansa), vamos.

Si Vd. es viajero frecuente y ha observado cómo se las gastan, -en equilibrio a tanto despliegue de aparente control en estas latitudes-, en la mayor parte de los aeropuertos de los países menos desarrollados (así les siguen diciendo), se preguntará, como lo hacemos nosotros, a quién beneficia nuestro pavor colectivo, quién se está riendo entre bambalinas, a qué inefable (1) maestro de ceremonias debemos aplaudir por esta cuidada representación de la rentabilización de la tontería.

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(1) Por cierto, "inefable" tiene como único significado (RAE) "aquello que no se puede explicar con palabras". Un "inefable maestro" no es un elogio, es una construcción omisiva, una elipsis y, en general, una muestra de la cortedad idiomática de quien así escribe.

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