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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sobre la virtualidad realizada

La instrumentalización del futuro para conseguir los objetivos deseados -generalmente, beneficios propios- es, en realidad, un deseo de casi todos los seres humanos. No hay, en principio, nada reprochable en ello: estudiamos, trabajamos, actuamos, para que el futuro nos sea más favorable.

Así debiera ser. Solo que, para algunos, el futuro se convierte también en un campo de experimentación en el que forzar las voluntades de otros son parte del juego. Los demás se convierten en personajes secundarios de la película de la vida personal, y todo parece valer.

Habíamos leído del bombero que quemaba los bosques para no perder su trabajo; sabemos de la dedicación con la que los políticos de uno y otro signo echan pócimas y mejunges de verdades, comentarios, maledicencias y especulaciones, para condicionar la voluntad adormecida de los posibles votantes.

Lo que nos era desconocido hasta ahora es que los responsables de nuestra seguridad fueran capaces de educar terroristas para probar la solidez de sus estructuras de control. En esa plataforma de ensayo en el que el material consumible son unos seres humanos convertidos en cobayas ideológicas, se incita al terrorismo para que las fuerzas de seguridad se apunten méritos y afilen sus instrumentos de detección.

Por supuesto, no vale cualquiera para ser víctima de este experimento. Tampoco cualquier institución para promoverlo. En Estados Unidos, el 27 de octubre de 2010, ha trascendido que el FBI se dedica a animar a algunos individuos del perfil adecuado para que preparen atentados en lugares y transportes públicos.

Desde el 11 de septiembre de 2001, al menos cinco musulmanes, de origen yugoslavo, han sido acusados de estar preparando un ataque a la base militar de Fort Dix. En Nueva York, un imán local y el propietario de una pizzería que estaba en suspensión de pagos, están procesados por blanqueo de capitales y conspiración terrorista. Otros dos, hasta entonces anónimos ciudadanos de Newburg, fueron detenidos por pretender diseñar un atentado contra una sinagoga del Bronx.

La traca final ha sido la detención  de Farroque Amed, un americano-paquistaní que preparaba un ataque contra el metro de Nueva York.

El espectáculo está servido pues se ha sabido que, todos ellos, tuvieron detrás, para animarles a cometer estos delitos que hubieran conducido a violentas masacres, no a una cédula de Al-Queda, sino a equipos entrenados del FBI, agentes bien pagados y serios, que simularon ser grupos fundamentalistas.

A todos los acusados, jamás se les habría pasado por la cabeza cometer un acto del tipo que se les acusa. Los especialistas del FBI trabajaron duro para calentarles los cascos, prometiéndoles dinero a espuertas, consumiento todo el tiempo que fue necesario y dándole al asunto la credibilidad que es capaz de aportar un buen guionista.

Solo queda por decir que, obviamente, los equipos de las fuerzas de seguridad norteamericanas, han sido -en su momento- felicitados por haber conseguido desmantelar las supuestas cédulas islamistas radicales que ellos mismos habían sabido crear. La ficción supera a la realidad y, además, tiene la ventaja de que se puede hacer tangible cuando haga falta.

Y, desde luego, no hay que dudar que la realidad sin estímulos externos seguirá su curso: dos artefactos, según se cuenta, preparados en Yemen e inconfundible aspecto sospechoso de haber sido realizado por chapuceros fueron descubiertos en aviones que tenían por destino a Chicago, por especialistas internacionales en detectar cacharros con cables y aspecto de lavadora reciclada.

Mientras tanto, en los aeropuertos occidentales -en los demás, ya depende-sigue realizándose una inspección tan exhaustiva (es un decir) como ridícula (es una constatación), con complejos equipos y una dedicación exasperante.

El único objetivo aparente, al decir de los viajeros que han sido descubiertos con una botella de agua, una sospechosa loción capilar o un cinturón con hebilla metálica, es conseguir cabrear a un porcentaje creciente de ciudadanos, convirtiéndolos en potenciales delincuentes. Por algunas de las expresiones que mascullan mientras se desnudan ante los detectores de metales, estarían dispuestos a cometer algún delito de agresión o destrucción de bienes públicos.

No faltará, pues, trabajo para algunos. Alá, Al-Queda, el FBI y la instalación del miedo como doctrina sean loados.

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