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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sobre las iguanas

Pocas veces como en estos tiempos la Humanidad parece estar necesitada del auxilio del Guardián del centeno.

El guardián del centeno (The Catcher in the Rye, de J. D. Salinger) es la metáfora más afortunada de Holden Caufield, el adolescente protagonista:

"... me imagino a muchos niños pequeños jugando en un gran campo de centeno y todo. Miles de niños y nadie allí para cuidarlos, nadie grande, eso es, excepto yo. Y yo estoy al borde de un profundo precipicio. Mi misión es agarrar a todo niño que vaya a caer en el precipicio. Quiero decir, si algún niño echa a correr y no mira por dónde va, tengo que hacerme presente y agarrarlo. Eso es lo que haría todo el día. Sería el encargado de agarrar a los niños en el centeno. "

Ya, ya sabemos que la traducción es equivocada y que nadie está guardando el centeno, sino que lo que Salinger pretende es presentar la imagen amable del atormentado Caufield, preocupándose, como haría un Catcher en el juego de béisbol, de que la pelota no caiga al terreno de juego, dándole el punto al contrario.

También sabemos que por estas latitudes el centeno ha sido sustituído por el trigo, por el girasol, la lenteja o, simplemente, se prefiere sembrar y dejar los terrenos sin atender, en baldío, cobrando, eso sí, las subvenciones.

Sea como fuere, el campo de centeno, o de trigo, es inmenso, pero nos hemos acercado al precipicio para jugar, para retozar.

No sabríamos ni siquiera explicar el atractivo que significa, habiendo tanto campo libre del que disfrutar, esa cortada a pico. Ni siquiera podríamos justificarlo por nuestro hipotético amor al riesgo. Nos gusta la tranquilidad, volver a casa a tomarnos el bocadillo, dormir arropados por mamá, soñar con los angelitos.

Si, extremando el cuidado, nos asomamos al borde -con precaución de que nadie nos empuje, en los alocados movimientos de algunos compañeros de juego- nos parecerá ver que abajo hay un terreno igualmente inmenso. Pero vacío, desoladoramente vacío.

Fijando nuestra atención, podemos creer que algo semejante a una iguana, -¿o es un dragón?-, estático como una estatua, junto a un árbol seco, nos espera.

No hay nadie más, no se sabe nada de los que, antes, hayan podido caer en el terreno de la iguana.

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