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Al Socaire de El blog de Angel Arias

Sobre la pugna entre la ciudad y la selva en Asturias

Como ya hemos escrito, uno de los valores de Asturias -quizá el menos conocido- es el de servir de banco de pruebas miniatura de ese territorio mayor que es/era España. Seguramente incluso tenga importancia como campo de experimentación mundial, si como algunos mantenemos, el ombligo del mundo está situado allí mismo, en un lugar impreciso entre Gijón, Oviedo, Avilés y Langreo.

Escribimos hoy sobre una de las esencias más apreciadas del tarro asturiano, que es el paisaje. El observador que siga la evolución de la región, contemplándola desde fuera, que es como se deben valorar las cosas, habrá advertido que el paisaje ha exarcebado la lucha entre sus dos elementos contrapuestos, la ciudad (el asfalto) y la selva.

No se puede adivinar quién será ganador, pero sí el perdedor de esa pugna: la variedad de elementos paisajísticos que han venido conformado, por la colaboración relativamente pacífica entre el hombre y la Naturaleza, la belleza de Asturias.

Sobra hoy en Asturias, y cada vez en mayor medida, hormigón, carreteras, edificios sin gracia, monumentos "emblemáticos" a la vanidad de arquitectos, políticos y falsos ilustrados. Sobran ridículos elementos de falso mobiliario urbano, ruinas de casas y casonas que fueron gloria de sus dueños, carreteruelas abandonadas, adoquines que sirvieron tal vez para pagar campañas ideológicas, viaductos muy altos y aerogeneradores muy bastos; sobran centrales térmicas que ya no producen y bloques de viviendas con letreros de se vende o se alquila que a nadie concitan.

Y falta paisaje. La carencia es ya grave, a pesar de los uuyes de admiración de madrileños que se están muriendo de asco en el vencimiento declarado de la ciudad. Ríos que están ya tornándose sucios, escombreras que ya aparecen donde menos se espera, campos de labranza que hoy soy pasto de zarzas y helechos, caminos rurales que se pierden, bosques sin cuidar porque su dueño no los rentabiliza, jardincitos de horteras en los que se mezclan, protegidos por un murete, ciruelos japoneses y manzanos granie smith.

En esa pugna entre ciudad y selva, que Jaime Izquierdo Vallina, recogió en un magnífico libro (librito por su extensión), "Asturias, región metropolitana",  hay empate. Pero es que el resultado que interesaba era otro, que ganase el paisaje de siempre, el que nos gusta recordar, el que nos dejó a los asturianos el trabajo apegado del hombre en sintonía con su tierra.

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